¿TODAVÍA PIENSAS QUE LOS PUERTORRIQUEÑOS ESTAMOS BENDECIDOS?
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Por muchos años los huracanes parecían evitarnos. Aún cuando estamos en una isla tropical justo en el medio de la trayectoria preferida de estos fenómenos atmosféricos, parecían huirnos. Los puertorriqueños los demonizábamos. Hablamos de los huracanes como si fueran unos monstruos míticos cuya única razón de ser fuera destruir las tierras que se encontraran en su paso. Entonces comenzamos a construir esta historia donde Dios, por alguna razón, decidió que la isla de Puerto Rico era privilegiada. La única isla bendecida en el Caribe, por donde los feroces y malignos huracanes nunca podrían pasar. Le adjudicamos poderes mágicos a la montaña de El Yunque. La llegada de las redes sociales le dio un foro único a estos hacedores de historias, quienes tan pronto se enteraban de que venía un huracán en camino posteaban: "Hagamos una cadena de oración para que el huracán no venga", "Dios, protege a tus hijos puertorriqueños", y muchas otras consignas religiosas como si Dios no fuera el creador de todas las cosas, incluyendo la tormenta.

Entonces, el huracán que venía directo a nuestras costas a todo vapor se desviaba en el último instante, luego de destruir las islas de las Antillas Menores, y justo antes de caerle encima a nuestras hermanas la República Dominicana, Haití, Jamaica o Cuba y las demás islas superiores. O peor aún, se desviaba para dirigirse directito a la costa sur de los Estados Unidos y devastar y destruir poblaciones que no construyen pensando en un huracán.

Ahí era que los hacedores de historias se ponían las botas. Tan pronto Susan Soltero o luego Ada Monzón decían que el huracán se desvió, comenzaban los comentarios: "Dios nos protegió", "Gracias, Dios mío", o mi favorita, "Somos bendecidos".

Tengo que confesar que todos estos comentarios, tanto los anteriores al huracán como los que surgían cuando no venía, me dejaban un mal sabor en la boca por varias razones. Primero, me sorprendía la ignorancia del puertorriqueño común ante la realidad geográfica que nos toca vivir. Los huracanes no son otra cosa que la manera en que el planeta Tierra se encarga de mantener las temperaturas de los océanos en las medidas correctas. Si las aguas están demasiado calientes, se forman las tormentas para bajar esa temperatura. Obvio, todo esto es mucho más complejo y hay demasiadas variantes para ponerlas todas en una columna, aparte de que yo no me canto de meteorólogo, pero esta es la versión en arroz y habichuelas de por qué hay tormentas y huracanes. La magnitud del evento se debe a las condiciones atmosféricas que el fenómeno se encuentra a su paso. Estas condiciones atmosféricas también determinan para dónde se va el huracán, dónde se desvía, y qué hace después. Todo es científico, muy bien explicado, y hoy en día esta información está al alcance de todos con un buen google-azo.

Segundo, la soberbia de los que piensan que son religiosamente privilegiados porque el huracán se desvió me dejaba mudo. Aún si realmente son tan ignorantes sobre la naturaleza de su entorno que no entienden cómo se forma un huracán y porqué se comporta de la manera en que lo hace, adjudicarle su "suerte" a un privilegio divino es la madre del engreimiento. No solo asumían en su historia fantástica que Dios, quien según ellos creó el huracán originalmente, decidió oír sus ruegos y perdonarles sus faltas desviando la tormenta en el último instante, sino que por eliminación estaban infiriendo que todos los hermanos antillanos que quedaron destrozados por la misma tormenta son "menos buenos". Quizás no rezaron lo suficiente, o no son un pueblo "cristiano". De la misma forma, le faltaban el respeto a todos los puertorriqueños que no se consideran cristianos, o que profesan otra religión. Ahí entraba la actitud arrogante de querer decir: "Yo te salvé del huracán porque recé por ti".

Finalmente llegó María. El huracán que aparentemente Dios no pudo controlar y que pudo más que todos los rezos juntos. Muchos que leen esto estarán llamándome sacrílego, pero yo les pregunto: si ustedes decían que los otros huracanes no vinieron porque Dios los desvió, ¿qué pasó ahora con María? Es una de dos: o no lo pudo desviar, o lo mandó a propósito para que nos pasara por el rolo. Y entonces, ¿dónde queda el privilegio de "estar bendecidos"?

Quiero que quede claro que no estoy diciendo todo esto porque soy anti-cristiano, porque no creo en Dios ni nada por el estilo. Mis razones son bien simples: mientras no aceptemos la realidad científica de lo que es un huracán, no estaremos preparados para cuando nos toque. Y nos va a tocar, por lo menos una vez cada 15 a 20 años según las estadísticas, recen o no recen.

El huracán María ciertamente nos ha dado una lección de humildad. Descubrimos que somos vulnerables. Nuestras casas con techos de zinc y madera no pueden contra el embate de un huracán categoría 5. Pero más que eso, las construcciones al garete, el ignorar los cuerpos de agua existentes y tratar de manipularlos como nos viene en gana, los desarrollos en zonas inundables, etcétera, etcétera, nos han posicionado de manera perfecta para el desastre.

Sin embargo, desde mi punto de vista como experto en seguridad me parece inaudita la falta de preparación a nivel de gobierno. ¿Cómo es posible que 20 días luego del paso del huracán todavía no exista una logística para la distribución de suministros de emergencia? ¿Cómo es posible que tengamos personal militar y de agencias de ley y orden que vinieron del mundo entero a ayudar, y que no haya un plan de cómo utilizar esos recursos? ¿En qué país que se considere moderno y desarrollado, existen comunidades completas a las que las autoridades no han podido llegar a dos semanas del desastre?

Ahí es que vemos la naturaleza de nuestro país. Lo malo, que es la falta de coordinación y comunicación causadas por la politiquería barata y la pura ignorancia, y lo bueno: los puertorriqueños que hemos salido a la calle a dar el todo por el todo para ayudar a nuestros hermanos isleños. Los ciudadanos civiles y los que trabajamos en seguridad de manera privada, hemos llegado a los sitios donde el gobierno no ha llegado. Encontramos a las personas desaparecidas, sedientas, pasando hambre y les dimos ayuda. Al momento de escribir esta columna yo llevo más de 20 días trabajando sin parar, en la búsqueda de personas desaparecidas y ofreciendo protección contra robos y vandalismos. He visto organizaciones ciudadanas rompiendo monte y abriendo caminos para llevarle ayuda a sectores completamente incomunicados. He visto vecinos ayudando a remover escombros, limpiando alcantarillas y sacando a personas de lugares peligrosos.

Y ahí regresan los hacedores de historias. Cuando por fin les llegan los suministros, lo primero y único que dicen es "Gracias a Dios". Cuando por primera vez saben de un familiar o amigo, "Gracias a Dios". ¡Suelten las gríngolas! Si usted no tenía agua por una semana y por fin recibió una caja, sepa que alguien hizo mucho esfuerzo para que usted la recibiera. Y es muy probable que esa o esas personas no tengan nada que ver con los esfuerzos del gobierno. ¡Dele las gracias! Si pidió que le ayudaran a encontrar a un familiar o ser querido y por fin supo de esa persona, ¡dele las gracias a quien se la buscó! Antes de darle las gracias a Dios, busque quién fue ese instrumento que Dios usó para que usted tuviera agua, y dele las gracias a él o a ella. ¡Deje de esconder su realidad! ¡Mire lo que pasa a su alrededor! ¡Deje de actuar como si estuviera en una burbuja, donde solo Dios hace las cosas y usted no es responsable de nada!

¿Por qué traigo esto a la discusión? Porque si no despertamos a nuestra realidad, María va a volver a pasar. La realidad es que los huracanes van a continuar. El calentamiento global va a provocar que los mismos sean cada vez más frecuentes y de mayor magnitud. En algún momento alguno de estos huracanes nos va a volver a tocar. Si no dejamos a un lado la politiquería barata y el "quítate tú pa' ponerme yo" volveremos a estar meses en el desastre. Si no dejamos de construir al garete seguiremos perdiendo viviendas y ocasionando derrumbes. Si no exigimos mejores infraestructuras, volveremos a estar sin celular, internet, luz y agua por meses largos. Si no asumimos nuestra responsabilidad para prepararnos como pueblo, volveremos a estar sumidos en la nada. Si no asumimos nuestra responsabilidad como seres humanos, volveremos a depender de la bondad y el sentido humanitario de nuestros vecinos y semejantes.

¿Estamos bendecidos?

Sí. Pero nuestra bendición no es que nuestras oraciones se escuchen más que las de otros, ni que de la nada aparezcan ayudas y suministros. Nuestra bendición es nuestra gente. Estamos bendecidos con hermanos y hermanas puertorriqueños que salen a la calle a dar su todo. Tenemos vecinos que no esperan que llegue el gobierno a resolver. Estamos bendecidos con personas que quizás no crean en su Dios, pero que de igual manera le llevan agua y pan. Tenemos gente buena, dada, que comparten su café, una extensión de su generador o una botella de cloro sin esperar nada a cambio.

¿Debemos dar gracias a Dios?

Sí. Pero no por lo que no nos pasó, o por lo que recibimos en ayuda. Debemos dar gracias por cada persona que está tratando de ayudar, que está tratando de trabajar para regresar a nuestro país a la normalidad. Demos gracias por la oportunidad de aprender para que las cosas que no deben suceder no se repitan. Demos gracias por todos los hermanos y hermanas del mundo entero que nos quieren dar la mano. Debemos ser agradecidos por ver con nuestros propios ojos cómo funciona el plan de Dios, donde la madre naturaleza no solo forma la tormenta que enfría sus aguas, sino que reverdece y restaura sus árboles y ríos destruidos no por ella, sino por el hombre. Demos muchas gracias cada vez que veamos una cotorra haciendo un nuevo nido, o escuchemos el canto del coquí.


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