El Cáucaso: un polvorín a punto de explotar, y la chispa que incendie la región podría ser Nagorno-Karabaj

Publicado: Septiembre 27,2020 4:46pm
 El Cáucaso: un polvorín a punto de explotar, y la chispa que incendie la región podría ser Nagorno-Karabaj

 La situación geopolítica histórica del Cáucaso podría ser descrita como "un polvorín a punto de explotar” por sus conflictos de complejidad étnica y nacionalismos beligerantes.

Nagorno Karabaj es sólo uno de los muchos resultados explosivos de la geopolítica. Ubicada en el corazón de Azerbaiyán, la región está habitada de forma mayoritaria por armenios cristianos, pero pertenece a los azeríes.

Desde mediados de 1990, cuando la población de la región se levantó en armas apoyada por el gobierno armenio y declaró su independencia, Nagorno-Karabaj administra sus propios asuntos. Pero sin reconocimiento internacional.

Nagorno Karabaj es uno de los muchos estados fantasmas que pueblan los antiguos límites de la Unión Soviética, al igual que Abjazia, Osetia del Sur o Transnistria. Todos ellos poseen autonomía política de facto, pero son parte nominal de otros estados.

Las raíces de todos ellos se pueden rastrear en el explosivo proceso de expansión territorial del Imperio Ruso y cuyos conflictos heredó la Unión Soviética.

El Cáucaso, de forma particular, siempre fue un nido de etnias, lenguas, culturas y religiones sólo amalgamadas por la soberanía tardía de los zares. Las poblaciones, al igual que en Europa, vivían mezcladas.

Cuando la Primera Guerra Mundial hizo saltar por los aires la frágil soberanía rusa, tanto Armenia como Azerbaiyán y Georgia, las tres regiones transcaucásicas, organizaron sus propios estados-nación (también a expensas del decadente Imperio Otomano).

Durante el proceso, chocaron entre sí por el escaso territorio del istmo, reivindicando su soberanía sobre regiones solapadas.

Cuando la Unión Soviética recuperó los territorios, en el contexto de la guerra civil rusa, los reorganizó a tono con su ideología socialista.

Azerbaiyán fue separada de Nakhchivan, antigua provincia persa de población azerí, y Armenia, de Nagorno Karabaj.

Nakhchivan quedó como un brazo de tierra entre Armenia y su frontera histórica con Irán. Nagorno-Karabaj, como un enclave armenio, aunque también poblado por azeríes, dentro de Azerbaiyán.

Nagorno Karabaj, además, obtuvo la categoría de oblast autónomo dentro de la República Socialista de Azerbaiyán, un estatus diferenciado en el esquema interno de la Unión Soviética.

El dominio de la Unión Soviética había apagado los fuegos de la breve guerra que enfrentó a Armenia y Azerbaiyán durante los años veinte, pero no los pudo extinguir.

Durante las décadas subsiguientes, los habitantes de Nagorno-Karabaj, armenios en su mayoría, mostraron su voluntad de reincorporarse a la República Socialista Soviética de Armenia.

En 1988, coincidiendo con la Perestroika y la mayor apertura política promulgada por el gobierno de Mijail Gorbachov, los medios de comunicación, el gobierno y las figuras políticas armenias -a uno y otro lado de la frontera- solicitaron reunificar ambos territorios.

La tensión creció. El gobierno y las figuras políticas azeríes reafirmaron su soberanía sobre Nagorno-Karabaj. En las calles de la región, armenios y azeríes se enzarzaron en disturbios y acciones violentas de diverso calado.

La agresividad se extendió de forma transversal y el conflicto adoptó tintes étnicos: diversos ataques civiles y discriminados tanto contra población armenia como azerí se registraron en Kirovabad, Bakú (capital de Azerbaiyán), Sumgait y Askeran.

Poco después se inició el conflicto bélico: Armenia y los separatistas de Nagorno Karabaj, que declararían su independencia en 1991, y Azerbaiyán.

La guerra duró seis años, y resultó en una victoria armenia. Azerbaiyán contó con el apoyo directo de rebeldes chechenos y otros grupos islámicos, además de la ayuda indirecta de Turquía.

La participación del estado turco no fue trivial: los azeríes son musulmanes y túrquicos, y se enfrentaban a Armenia, territorio tradicionalmente enfrentado a Turquía tras el genocidio armenio cometido por el Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial (y aún hoy, no reconocido por el gobierno turco).

Armenia fue apoyada por Rusia. En 1994 se firmaba la paz: Armenia y Karabaj se habían impuesto a Azerbaiyán.

Por un lado, miles de personas murieron (el recuento total se eleva por encima de los 20 mil). Por el otro, centenares de miles de armenios y azeríes se vieron desplazados: los primeros, huyendo de las numerosas persecuciones a las que fueron sometidos en los territorios azeríes que tradicionalmente habían habitado; los segundos, dejando atrás los ataques de la población armenia de Nagorno-Karabaj.

Fue una guerra larga y costosa y sin clara resolución. La mediación de las potencias internacionales estableció que, pese a las ganancias militares de las fuerzas armenias, Nagorno-Karabaj seguiría formando parte de Azerbaiyán.

Sobre el terreno la situación era diferente: los rebeldes de Karabaj, apoyados por Armenia, no sólo habían logrado mantener la independencia virtual de su territorio, sino que habían extendido el ámbito de su poder a otras comarcas cercanas.

El Grupo de Minsk, articulado para resolver el conflicto, cedió a ambas partes: Karabaj tendría una amplia autonomía, pero Azerbaiyán mantendría su soberanía.

Los acuerdos de Bishkek, en teoría, desmilitarizarían la zona, facilitarían la conexión entre Armenia y Nagorno-Karabaj a través del corredor de Lachin y harían lo propio entre Nakhchivan y Azerbaiyán.

Desde 1994 el conflicto bélico se ha apaciguado, pero eso no ha evitado que, a lo largo de los años, hayan surgido nuevas tensiones y disputas.

En 2008, un año de especial turbulencias en todo el Cáucaso, milicias armenias y tropas azeríes protagonizaron hostilidades en el sector norte de la frontera de Karabaj. Una decena de personas perdió la vida. Ante todo, la situación puso de manifiesto lo débil del alto al fuego.

Pese a los intentos del Grupo de Minsk, ninguno de los dos gobiernos involucrados, amén de la república autoproclamada de Nagorno-Karabaj han llegado a punto de acuerdo alguno.

La intervención internacional, especialmente la rusa, fue clave para detener las hostilidades en 1994.

Ahora la cosa podría cambiar. Oriente Medio vive un momento de alta inestabilidad, y tanto Rusia como Turquía, dos potencias históricas enfrentadas por sus esferas de influencia, han tenido un papel activo en el conflicto sirio.

Tayyip Erdoğan, presidente turco, se ha mostrado particularmente beligerante en su intervención en el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán, reafirmando su apoyo a Azerbaiyán en términos agresivos.

Tanto Putin como Erdogan articulan su retórica política interna en torno a su prominencia en las relaciones internacionales y, como se pudo apreciar en el caso de Siria. 

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